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Esta foto pertenece al Hno. Casella, un varón con un hermoso testimonio en el Señor, Obreros allí en la Iglesia Cristiana Evangélica Pentecostal "Libres en Cristo" de la Unidad Carcelaria N°9 de La Plata, en la calle 76 y 10 - CP1900-La Plata- BsAs.-
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Testimonio Casella
Unidad N° 9-Iglesia "Libres en Cristo"-
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BIBLE BELIEVERS FELLOWSHIP, INC.
Es un ministerio, cristiano, a nivel nacional, no lucrativo, sin denominación, dirigido a las prisiones para llevar el Evangelio de Jesucristo a los convictos en los Estados Unidos. Otorgamos a los capellanes de las prisiones Biblias gratuitas en Inglés y Español, Nuevos Testamentos, folletos, tratados, cartas y videos, mediante los cuales ellos llevan la Palabra de Dios a los convictos. También, ofrecemos consejería a quienes desean dejar su pasado y vivir para Jesús. Por favor, visítenos a nuestra dirección en la Internet para obtener mayor información y para descargar (download) a su computadora nuestros protectores de pantalla y así poder comprarlos.

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TOM WILMAS
Moberly Correctional Center
Moberly, MO
(Editado del testimonio revisado de Tom Wilmas recibido el 10 de Abril de 1998)
"La más Pequeña Evangelista del Cielo"
¿Qué se puede decir de una bebita de dieciséis meses llena de vida que fue asesinada? ¿Qué hubiera llegado a ser o a realizar en su vida? Nunca se sabrá. Ella nunca tuvo la oportunidad de ver ninguno de sus sueños hacerse realidad, pues murió en una edad inocente. ¿Existen respuestas a estas tragedias? Desde el día en que nació supe que Tamara Zera, nuestra segunda hija, poseía una mágica alegría. Era una conquistadora de sonrisas que cautivaba a todo aquel que entraba en contacto con ella. Familiares, amistades e incluso vecinos nos visitaban casi a diario para recibir una dosis de su alegría contagiante. Parecía que ella tenía para ofrecer a los demás algo de lo cual este mundo ansia desesperadamente: Amor Incondicional. Claro, ella se desvivía por demostrarle a todos que su Papi era al que ella daba doble porción de su amor tal como Jacobo se lo dio a José. Pienso en todas las personas a quienes ella conoció. Ella sabía que yo necesitaba de su amor y, más que todo, del toque de su alma. Ella también se desvivía por su hermano mayor, Tommy Jr., quien contaba con tres años cuando Tamara nació. Aún recuerdo ver a estos dos inseparables compañeros de juego en la "Fábrica de Diversión de la Vida". Al menos así es cómo ellos veían la vida. Ellos solían levantarse temprano cada mañana para verse en la cuna de Tamara. Tommy se trepaba en la cuna y se inclinaba suavemente hacia el rostro de su hermana, así como en un cuento de príncipes, para plantarle el más húmedo y más grande beso en sus ansiosos labios. Había veces que él le hacía graciosas muecas a ella y luego Tamara le imitaba pero con mayor exageración haciendo que su hermano mayor rodara por el suelo muerto de la risa.

Todo parecía ser un paraíso, pero era sólo una fantasía. Aunque yo asistía a la iglesia irregularmente, no seguía los principios de la Biblia. En realidad, no era un padre responsable. Recopilando el pasado, creo que amé a mi esposa e hijos lo más que pude considerando los serios defectos de mi carácter. ¡Pero, ellos merecieron mucho más de lo que yo les pude dar! Existía una poderosa contracorriente debajo de la superficie de la persona vacía que yo era, esta era una fuerza que me había arrastrado por largo tiempo a lo largo de mi vida. Una corriente más poderosa como la que nadie jamás haya conocido y pueda haber imaginado estaba a punto de desatarse con ímpetu. Empecé a tomar Gin Canada Dry a los cinco años. En adelante, mi adicción al alcohol sólo se agudizó hasta que llegué a perder totalmente el control. El alcohol era un amigo pasivo que me ayudaba a olvidar los horribles recuerdos que yo no podía enfrentar.

Existe un recuerdo en especial que era mi diaria realidad: Tratar de liar con el hecho de haber sido abusado sexualmente desde los tres años hasta los diez por una retahila de personas: Familia, familia adoptiva y vecinos. Esos recuerdos circundaban mi consciencia como una gargantilla de perlas baratas que me daba aversión usar. Era un regalo de mis abusadores que yo no quería y, a medida que yo crecía, me juraba a mí mismo vengarme de ellos. Como fui un niño no querido, arriesgué mi vida pasando por media docena de padres adoptivos hasta que ingresé al ejército norteamericano a los diecisiete años como infante. En ese entonces, en 1980, mi suerte fue echada. Yo era un desastre, un ser sin esperanza suelto en la sociedad. Veía a todo el mundo como a mis víctimas, como algo a que herir por herirme a mí. Estas fueron las palabras que mi Comandante de Compañía pronunció al informarme mi baja deshonrosa del servicio que prestaba en Alemania por andar peleando todo el tiempo: "Tom, necesitamos una persona como tú en tiempo de guerra, no de paz." Con esto se cerró otro desastroso capítulo de mi vida.

El desarrollo de mi carácter durante mis primeros años moldeó mi personalidad de adulto. Cuando tenía seis años recuerdo a una trabajadora social asignada para mí y mi hermano Jimmy (a quien llamábamos 'Bo Bo'), que nos llevó a donde ella decía iba a ser nuestro nuevo hogar adoptivo. Tenía yo un profundo sentido de responsabilidad de proteger al pequeño Bo Bo, y claro, de algún modo él me necesitaba. Recuerdo que yo le secaba las lágrimas de sus ojitos de cachorritos de cinco años mientras le aseguraba que mi mami y papi vendrían a llevarnos en cualquier momento. Desafortunadamente, ellos nunca volvieron. A los seis años yo ya no tenía respuestas a los por qué, por qué de Bo Bo. Cuando nos parqueamos ya en la entrada de la casa en donde íbamos a vivir me cogieron y me hicieron entrar por la puerta principal. Mientras la trabajadora social del caso tocaba la puerta, volteé mi cabeza esperando ver a Bo Bo atrás mío. En vez de ello, ví las pequeñitas manos de Bo Bo agarrándose de la ventana entreabierta del auto. El me llamaba a gritos. El viejo Ford sedan partió velozmente llevándose al pequeño Bo Bo gritando con horror sin que nadie nos haya dado ninguna explicación, consolación o la oportunidad de decirnos adiós. En ese instante se prendió la mecha de un barril de dinamitas y era sólo cuestión de tiempo para que este explotara sobre la faz de la sociedad. Tan pronto me llevaron adentro abrí la ventana de la sala y me escapé. Salí corriendo tras el auto que se había llevado a mi propio corazón lejos de mí. Cuando al fin me cogieron me trajeron de regreso a su casa y me pusieron mentol en la lengua. Me advirtieron que si alguna vez lo volvía a hacer recibiría el mismo castigo. Está demás decir que nunca más me atreví a hacerlo.

Me casé con una hermosa mujer llamada Sharon cuando tenía 25 años. Fue en el año 85, el cual debió haber sido el año más feliz de mi vida. Para entonces, yo ya estaba cayéndome cuesta abajo a un profundo barranco de problemas internos. Cuando nos casamos, Sharon ya tenía una hija llamada Beth. Tommy nació nueve meses después y Tamara Zera a los dos años. A pesar de haber criado a dos niños antes de cumplir los treinta años, no logré ser un padre responsable. Ya al primer año de casados Sharon y yo teníamos problemas, aunque ella trató siempre de hacer lo mejor que pudo para salvar nuestro matrimonio (y yo). Que el Señor la bendiga. Exteriormente, yo era un hombre, pero interiormente no era nada más que un enmarañado de desperdicios y un niño amargado. En el verano de 1988, sin importar el tipo de vida, de familia y amigos que alguna vez tuve, todo ello se me fue arrebatado. Luego de una acalorada discusión con Sharon, salí hecho un torbellino y embriagado. Seguí bebiendo hasta bañar en alcohol a todos mis sentidos. Decidí entrar a robar a un hotel. Estaba empeñado en volver a tomar el control que desesperadamente ansiaba tener sobre mi vida. Mi crimen violento y deplorable de haber asaltado a alguien y robado el establecimiento no resolvió mis problemas. Posteriormente, mi carácter irracional se desenmarañó por completo. Al siguiente año, fui a prisión acusado de Asalto a Mano Armada.

¡Todo parecía una pesadilla! Pesadilla esta de la cual quería que Dios me despertara. Desde mis más tempranos recuerdos de la edad de dos años, mi vida entera fue horrible, dolorosa y sangrienta. Entre mis recuerdos están las veces que veía pelear a mi padre con los vecinos quienes sospechaban que el mantenía amoríos con sus esposas y a mi madre peleando con las vecinas por su causa hasta el día en que terminé en prisión. No tengo buenos recuerdos del pasado, a excepción de mis hijos Tamara y Tommy. Mis amigos me abandonaron y pasé un año en la prisión contando con tan sólo unos cuantos familiares y cabizbajo, sumergido en vergüenza. Mis ojos estaban hundidos en mi rostro abrumado por la desgracia. No sólo porque mi vida estaba deshecha, sino por la humillación por la que mi esposa, hijos y familiares fueron forzados a soportar por mi culpa. Además de todo esto, había tomado represalias contra otra persona por cometer una felonía. El suicidio era una opción constante que consideré por cierto tiempo. Pero sabía que si cometía este tipo de acto agudizaría el dolor de mi familia. Resistí la tentación, aunque se mantenía girando ociosamente alrededor de mi mente.

Las únicas veces que me sentía volver a vivir era cuando veía a mis hijos a través de una ventana Plexiglas en la sala de visitas de la prisión. Tamara me atraía a besarla cada vez que presionaba sus labios contra el vidrio. Ella no podía comprender por qué tenía que ver a su papi a través de una ventana sin poder tocarlo. Yo sabía el por qué y ello me atormentaba. Sin preguntas, sin ninguna condenación y sin ninguna justificación ella se pasaba cada visita dando besos a su papi a través de la ventana. En aquellos instantes, su mirada transmitía amor a un corazón hecho pedazos. En mi vida no había ninguna anécdota de éxito. Había fracasado miserablemente en toda cosa que emprendía. Incluso el abogado acusador en mi sentencia le dijo al juez: "Su Señoría, ni siquiera sabe robar". De todos mis fracasos, el peor fue el que le ocasioné a mi familia, el cual no pude enmendar. No se puede enmendar toda una vida de errores con meras palabras o disculpas (sin importar cuán sincero uno sea). A consecuencia de haber decidido entrar a un establecimiento a robar, abandoné a mi familia, sociedad y libertad. Mi tristeza era saber las víctimas incalculables que dejé atrás en el transcurso de mi vida. Cuando las puertas de la prisión se cerraron tras de mí, me sentí como un paracaidista con un tanque atado a mi espalda dirigido velozmente hacia la tierra que se me aproximaba a gran velocidad.

Entre mis sueños más locos nunca creí que las cosas pudieran empeorarse más. ¡Sí que me equivoqué! Mi esposa había iniciado los trámites del divorcio (y no le culpo). Encima de todo esto, el capellán de la prisión me llamó a su oficina un 27 de Diciembre de 1989, dos días después de la Navidad. Con sus ojos, a la vista húmedos, y con su voz quebrantada y llena de compasión me informó que mi hija Tamara había fallecido el día anterior. No pude soportar más. ¡Mi pedacito de alegría y la única razón de mi vida se había ido! Lo que se desató en ese instante en mi interior fue una tristeza que sólo un padre que ha perdido un hijo puede realmente conocer (incluso aquél quien como padre ha sido un fracaso). Irrumpí en tormento y llanto con incontrolables sollozos y palpitaciones sentándome en la silla en convulsiones. Mi dolor fue tan arrollador que pensé que en cualquier momento los brazos de las sepulturas traspasarían el suelo para tragarme por completo. Pensaba yo que mi vida y, en especial, mi mismo ser personificaban el fracaso y la vergüenza en todo el sentido de la palabra. Me inculpo a mí mismo por la muerte de mi hija porque primeramente fui a prisión. No estuve allí con ella para protegerla y también porque no fui el padre que se merecía.

Lloré por semanas desconsoladamente cuando me encontraba a solas y siempre estaba al borde del llanto cuando había alguien alrededor. Varias veces al día me dejaba caer al suelo en mi celda y miraba al cielo y rogaba para que mi hija me perdonara esperanzado de que ella estuviera allá. Yo creía, a pesar de la condición retorcida en la que estaba, que si existía un Dios que El cuidara de ese ser tan inocente que nunca gozó del reino del libre albedrío y que le permitiera entrar al Cielo. Yo no sé qué me sostuvo en pié durante esas semanas posteriores a la muerte de Tamara. Quizá fue el deseo de encontrar respuestas sobre dónde ella estaba. Leí libros acerca de padres cuyos hijos habían fallecido. Pero, incluso en esos testimonios no pude hallar respuestas ni consuelo. No habían libros sobre gente bajo mis circunstancias. Yo estaba bajo otra sombra de tristeza en comparación con la mayoría de padres los apenados. La mayoría de ellos habían hecho una gran obra con sus hijos y otros incluso había logrado una obra excepcional. Yo, por otro lado, era un fracaso y no podía ni incluso encontrar consuelo al lado de mi esposa como los otros padres. Yo tenía una doble dosis de tristeza. No sólo la tristeza de haber perdido a una hija, sino el hecho de cargar con mi responsabilidad de haber podido evitar su muerte. Estos dos lamentos conformaban una tristeza tal que podía herir más profundamente que cualquier otro suceso traumático.

Luché por obtener información acerca de las circunstancias que rodeaban la muerte de Tamara, ya que pocas personas pueden dar información a un convicto. Después, el misterio se fue aclarando por los canales de la TV local a lo largo de la nación y por los periódicos que publicaron la información del hecho. ¡Un individuo había sido arrestado y culpado por el asesinato por sofocación de mi hija Tamara! El hombre que sofocó a Tamara había sido empleado por mi esposa para cuidar a mis hijos. Este hombre tenía un alto récord de enfermedades mentales, lo cual mi esposa ignoraba. Más tarde, él confesó que quería que mi esposa pensara que él era un héroe. Confesó a la policía que él decidió sofocar a mi hija para luego resucitarla por respiración boca a boca y para que así mi esposa se enamorara de él. Sin embargo, como no pudo resucitarla, llamaron a los paramédicos quienes no pudieron volverla a la vida.

Por tanto, yo tenía una razón para vivir - encontrar y matar al hombre que había asesinado a mi hija. Gasté cientos de dólares comprando medios para escapar de la prisión de alta seguridad en la que me encontraba. Luego, decidí irrumpir en la prisión donde él estaba y matarlo. Con toda honestidad, planeaba yo su muerte con cruel venganza en diferentes maneras-- siempre lentamente y siempre recordándole a quién él había arrebatado de mí, a la vez que imponía en él mi idea de justicia. Mi vida se alimentaba de el odio y de sentimientos heridos. Pero, a medida que los meses transcurrían en miseria agonizante Dios estaba trabajando durante todo ese tiempo dentro de mí. Necesitaba con desesperación una ayuda para liar con este dolor interminable. No sabía a donde ir a buscarla.

Un cristiano, quien me conocía y sabía de la muerte de Tamara, plantó las primeras semillas de esperanza, las cuales darían inicio a mi proceso de sanación. Me compartió 1 Tesalonicenses 4:13-18. Estos versículos prometen que, cuando Jesucristo regrese a la tierra todos nosotros seremos reunidos con nuestros seres queridos y llevados al cielo para estar con El. Cuando él me leyó estas promesas bíblicas, derramé mis lágrimas como nunca antes. Lloré y llore. Pero ellas eran lágrimas de esperanza, no de desesperación. Sonreí por primera vez en un año ante el primer resquicio de esperanza de volver a ver a Tamara. Con las lágrimas cayendo por mi rostro, le agradecí a Dios por hacer lo que yo no había podido hacer: Por cuidar de Tamara y haberla llevado al cielo para estar con El, librándola de todo peligro. Por varios días caminé en mi celda riendo y llorando con gozo por la promesa de Dios de traerla de vuelta cuando El regrese. No sé si en ese instante me convertí en cristiano o no, aunque yo creía en Dios entonces. Fue un momento en que empecé a hacer un recuento personal de todo lo que había hecho en mi vida y a enfrentar la responsabilidad de mis acciones sin culpar a nadie más sino a mí solamente.

Sentía dentro de mi corazón la necesidad de perdonar a quienes me habían abusado sexualmente cuando era niño, a mis propios padres por habernos abandonado a mi hermano Bo Bo y a mí, a mis padres adoptivos y al que mató a mi hija. A este último, sin embargo, era al más difícil de perdonar. El perdonarlo, me abriría camino para seguir avanzando con esperanza ante todo obstáculo que se me presentara en el futuro. Lo más profundo de mi ser necesitaba ser sanado, incluso lo que tenía que ver con Tamara. Mi confianza estaba destrozada. Había un capítulo de mi vida que necesitaba ser cerrado. Nunca tuve la oportunidad de ir al funeral de mi hija, o de decirle adiós y ello me atormentaba. El pequeño ataúd blanco y lustroso en el que fue puesta era el santuario que guardaba mi amor y, mi corazón se desgarraba por ir a verla y decirle adiós.

El evangelista que trajo el bálsamo de sanidad a mi vida provino de una fuente inesperadad pero perfecta. ¡Tamara, una vez más, vino a ser para mí la administradora de la gracia celestial! Cierta noche ya avanzada, no mucho después en que decidí perdonar al hombre que mató a mi hija y a todas las personas que una vez me hirieron, le pedí a Dios dos favores, si es que no era molestia para El. Primero, le pregunté a El: "Señor, por favor, ¿le podrías dar un mensaje mío a Tamara? ¿Le podrías decir que siento mucho haberle fallado, haberle abandonado y por no haber sido un buen papá para ella? Y, ¿Le podrías preguntar si dentro de su corazón me puede perdonar?" En ese momento, yo no sabía si mis preguntas estaban teológicamente bien formuladas o no. Todo lo que yo sabía era que Dios y Tamara vivían juntos y que si El quería podría darle mi mensaje a ella. Como de costumbre, me fui a la cama aquella noche pensando en Tamara y le pedí a Jesús que la bendijera y así me quedé dormido.

En algún momento en esa noche, ya en sueños o despierto no lo sé, lo único que sé es que ví a Tamara rodeada de hermosos ángeles resplandecientes y santos que alguna vez murieron y se fueron al cielo. Ellos estaban aglomerados alrededor de Tamara esperando verla. Su manera tan conquistadora de reírse atraía a multitudes de personas que parecían estremecerse con la recién llegada a la familia celestial. Todos quienes la rodeaban reían y escuchaban su risita. Yo creo que si el arcángel Miguel hubiese tocado su trompeta en ese momento hubiese pasado inadvertido. Se estaba llevando a cabo una celebración en torno a ella, celebración esta que este mundo jamás ha visto antes y los simples mortales no podrían comprender. No veo las horas de unirme a esta celebración que se dará a cada hijo de Dios y a cada padre que una vez fueron separados en este mundo ¡por el aplastante soplo de la muerte!

Después Tamara apareció a sólo varios pies frente a mí. Pero, estábamos separados por un vidrio dorado y brillantemente resplandeciente, el cual era precioso - como oro caliente derretido, pero claro como un cristal. Tamara no estaba vestida con ropas ordinarias. Todo su cuerpo irradiaba una luz tenuemente brillante, toda ella hasta sus taloncitos eran dorados. Estaba del mismo tamaño de cuando murió. Sólo el aura de su rostro centellaba con inteligencia absoluta. Ella contenía (como todos los niños en el cielo), en su mirada todo un manojo de sabiduría que los humanos nunca lograrán tener en este mundo. Al genio más grande de este mundo se le consideraría un ignorante comparado con la sabiduría de un niño en el cielo. Yo estaba dotado de tal sabiduría cuando observaba a los niños que hablaban sabiamente acerca del universo. Entonces, Tamara colocó sus manos en el vidrio que nos separaba, y presionando su nariz contra el vidrio (tal como lo hacía cuando iba a verme a la cárcel del Condado) para clavarme su mirada tierna y llena de amor que era más hermosa que todas las rosas y me dijo: "Hola papi. Te amo y te perdono". En ese momento, me arrodillé en la mitad de mi celda cubriéndome el rostro con las manos mientras lloraba fuertemente. ¿Cómo es que podría agradecerles a Dios y a Tamara por la misericordia y amor que extendían a un hombre como yo, quien había solamente llegado a tener gran éxito al fracasar?

Nunca he derramado una lágrima de vergüenza desde entonces. El perdón de Cristo y de mi hija han sanado toda vergüenza y amargura que tenía. Claro, hay veces que lloro. Pero, ya no por tristeza. Son lágrimas de gozo al recordar las cálidas memorias que guardo de ella y de una esperanza emocionante de verme reunido con ella algún día. He escuchado a muchos predicadores durante estos años, pero no fue hasta cuando la pequeñita evangelista del cielo predicó el tema de amor celestial a un pecador como yo cuando descubrí la realidad de Dios y de la eternidad. El amor entre unos a otros es una llama que arde dentro de nosotros y que alimenta nuestro deseo de seguir adelante, incluso cuando la vida impida que esto se haga realidad. Pero el saber que mi hija me mira desde lo alto, sé que espera lo mejor de mí para salir adelante. En el futuro nos espera una reunión de gozo. Se ha hablado mucho de Dios, del cielo, de los ángeles y de la salvación. Creo que el mejor ejemplo que se puede dar sobre la existencia del cielo, no está en palabras hóstiles de doctrinas fuertes o en el intercambio fuerte de palabras, sino, en las innumerables vidas que a lo largo de la historia han sido cambiadas por mensajeros enviados a la tierra con la misión de hacer el bien "a los pobres de espíritu". Mi hija fue la única evangelista que llegó a mí. El resto de la teología lo dejaré a aquéllos más justos que yo para que expliquen su complejidad. El mensaje de Tamara es el mensaje de Dios, mensaje que transforma vidas, llena corazones vacíos con amor y da propósito a nuestras vidas.


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